“No me
impongas el silencio. Tengo una historia que contar…” - Forugh Farrokhzad
La noticia
de que más de 500 personas han muerto en Irán en medio de una brutal represión
de protestas ciudadanas es, en su crudeza numérica, apenas un umbral para
asomarse al dolor colectivo que atraviesa al país. Según la organización Human
Rights Activists News Agency (HRANA), la cifra de fallecidos supera ya las 500
personas, entre ellas decenas de manifestantes ejecutados con munición real y
más de diez mil arrestados. Las cifras que emergen del silencio impuesto por el
apagón de internet y las restricciones a la comunicación son fragmentos de una
misma tragedia: jóvenes estudiantes, trabajadores, mujeres y hombres que
salieron a exigir dignidad y libertad y fueron recibidos con balas.
Pero esta
violencia no cae sobre el vacío. Se ensaña, una vez más, con cuerpos que llevan
más de un siglo resistiendo. Las mujeres iraníes de hoy son herederas de una
lucha larga y persistente, muchas veces borrada. Desde la Revolución
Constitucional de 1906, cuando desafiaron la estructura religiosa del país y
participaron activamente en la aspiración de un Estado secular, han sostenido
una resistencia que atraviesa generaciones. Fundaron escuelas, clínicas y
asociaciones; se opusieron a la poligamia, a la desigualdad en el divorcio, al
matrimonio infantil y a la imposición del hiyab. Por ello fueron señaladas,
perseguidas y silenciadas. Algunas fatwas llegaron a declarar antiislámicas las
escuelas para niñas. Y aun así, no se detuvieron.
Mucho
antes, en el siglo XIX, Táhirih Qurrat al-Ayn se quitó el velo y declaró
obsoletas las leyes que pretendían gobernar el cuerpo femenino. Pagó con su
vida. Desde entonces, cada intento de emancipación ha sido respondido con
castigo. Tras la Revolución de 1979, las mujeres volvieron a las calles. El 8
de marzo protestaron contra las primeras medidas del nuevo régimen: contra el
hiyab obligatorio, contra la desigualdad legal, contra la idea de que la
obediencia fuera su destino. Esa herida nunca cerró. Hoy vuelve a sangrar.
Este
derramamiento de sangre no es solo una crisis política, religiosa o militar. Es
la confirmación de hasta qué punto el poder puede convertir al pueblo en
víctima y ejecutor al mismo tiempo. La represión organizada desde el Estado se
filtra en la vida cotidiana, en las relaciones más íntimas, en el miedo
compartido: vecinos vigilándose, familias fragmentadas, mujeres obligadas a
negociar cada gesto entre la supervivencia y la desobediencia. Una de las
tragedias más profundas del Irán actual es esa: que el torturador y el
torturado, en un sentido simbólico, convivan en un mismo cuerpo social herido.
La película
más reciente de Jafar Panahi, Un simple accidente, dialoga con esta realidad
desde una metáfora inquietante. Un grupo de exprisioneros se enfrenta a la
posibilidad de torturar a uno de sus antiguos torturadores. No hay alivio ni
revancha fácil. Solo la pregunta persistente por lo que la violencia hace con
quienes la padecen y con quienes la reproducen. El dolor no desaparece: se
transforma, se desplaza, se hereda.
Desde
fuera, las palabras también pesan. Las amenazas de Trump de imponer castigos
“como nunca antes” y las promesas de intervención pronunciadas desde un avión
presidencial, mientras el país es empujado al apagón digital como forma de
censura, no hacen más que ahondar la herida abierta.
Panahi ha
sido censurado, encarcelado y silenciado. Sin embargo, su cine —como la poesía
de Forugh, como las voces de las mujeres en las calles— persiste. Cuando vemos
los nombres de quienes han muerto, como el de la joven estudiante Rubina
Aminian, asesinada a tiros mientras protestaba, no vemos cifras. Vemos vidas
detenidas en su gesto más elemental: el deseo de libertad.

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