"No
basta con integrar a una persona en una economía justa; lo verdaderamente moral
es transformar la economía." - M. Luther King Jr.
La
afirmación de Donald Trump que asegura que el T-MEC carece de relevancia para
Estados Unidos obliga a revisar, con perspectiva histórica y económica, el
lugar real de América del Norte dentro del sistema global de bloques. El
precedente europeo resulta ilustrativo. La Comunidad Económica Europea surgió
en 1957 como respuesta a la fragmentación productiva del continente. Entre 1958
y 1973 vivió su edad de oro, con tasas de crecimiento superiores al 4% anual,
apoyadas en la creación del mercado común y la culminación de la unión aduanera
en 1968. Posteriormente, pese a las crisis energéticas de los setenta, el
bloque consolidó su peso al incorporar economías clave como Reino Unido, España
y Portugal. Con el Tratado de Maastricht, en 1993, la CEE evolucionó hacia una
estructura política más amplia, confirmando que la integración económica
profunda tiende a institucionalizarse para sostener su competitividad global.
Ese proceso presionó a América del Norte a organizarse. El TLCAN, y más tarde
el T-MEC, respondieron a la necesidad de competir frente a Europa y Asia
mediante economías de escala, cadenas regionales de valor y certidumbre para la
inversión. Durante décadas, este esquema permitió a la región ocupar el segundo
lugar entre los grandes bloques comerciales, con un alto grado de
especialización productiva y complementariedad industrial.
Mientras
tanto, Asia avanzó con una lógica distinta. APEC nació en 1989 como foro
flexible de coordinación, preparando el terreno para acuerdos más profundos. El
RCEP, firmado tras ocho años de negociaciones y vigente desde 2022, consolidó
ese recorrido. Hoy concentra alrededor del 30% del PIB mundial y de la
población global, con un mercado de más de 2,300 millones de personas y un
producto conjunto que supera los 26 billones de dólares. El resultado desplaza
a América del Norte al tercer lugar global, en un entorno donde economías como
Taiwán fortalecen la región asiática mediante acuerdos bilaterales
estratégicos.
En este
contexto, debilitar el T-MEC representaría un error histórico. Los datos
comerciales recientes lo confirman. Ciertamente en octubre, el déficit
comercial estadounidense cayó 39% hasta su nivel más bajo desde 2009, en un mes
marcado por la contracción de las importaciones totales. A contracorriente,
México registró un récord histórico mensual de exportaciones hacia Estados
Unidos por 48,524 millones de dólares. Entre enero y octubre de 2025, México
concentró 15.6% del comercio total estadounidense, superando a Canadá, China,
Taiwán y Alemania. Esta dinámica revela cadenas productivas profundamente
integradas, capaces de sostener flujos incluso bajo políticas arancelarias
cambiantes. Sin embargo, el análisis se vuelve más robusto al incorporar el
comercio de servicios, donde Estados Unidos mantiene un superávit relevante con
México, así como la dimensión subnacional.
No
olvidemos tampoco que economías como la de California dependen de manera
estructural del trabajo, el consumo, el emprendimiento y la inversión de origen
mexicano, lo que amplifica la interdependencia más allá de las estadísticas
aduaneras. Las declaraciones de Trump deben leerse como una estrategia clásica
de negociación dura: fijar un punto de partida que reduzca el valor percibido
de los socios. En la revisión actual del acuerdo, la tarea central consiste en
reconocer que México, Estados Unidos y por supuesto, Canadá, comparten riesgos
y beneficios dentro de un mismo sistema económico, cuyo valor estratégico
supera con creces cualquier gesto retórico de corto plazo. A esta narrativa
responde la posición de la presidenta Claudia Sheinbaum, con una claridad que
combina firmeza y sensatez. Al señalar que quienes más defienden el tratado son
los propios empresarios de Estados Unidos, subraya una verdad económica
incuestionable: "el T- MEC se sostiene porque funciona."

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