Del paredón al barranco, la obediencia como condena por Jorge Gaviño

La historia tiene una justicia lenta, pero infalible -Victor Hugo

Cuando los soldados descendieron a la cañada de Huatusco, en Veracruz, ya no perseguían a un enemigo en combate. El hombre había caído durante la huida, derrotado por el terreno y el agotamiento. Era abril de 1919. La orden fue precisa: recuperar el cuerpo y llevar pruebas de su muerte. Así terminó la vida de Aureliano Blanquet, un militar cuya trayectoria quedó atrapada entre dos imágenes extremas: el paredón y el barranco. Blanquet nació en Morelia en 1848 y se incorporó al ejército siendo casi un adolescente, en un país desgarrado por guerras civiles e invasiones extranjeras. Se formó en la Guerra de Reforma y la Intervención Francesa, donde aprendió una lección que marca ría toda su vida: la obediencia al mando como valor absoluto. Para él, el deber no admitía dudas ni escrúpulos. En 1867 participó en el sitio de Querétaro y fue asignado al pelotón encargado de ejecutar a Maximiliano de Habsburgo, junto con Miguel Miramón y Tomás Mejía. Durante décadas circularon versiones que lo señalan como autor del tiro final contra el emperador cuando ya había caído; otras atribuyen esa acción a un superior. Blanquet nunca aclaró nada. El silencio, en su caso, fue también ración de la República, su carrera avan zó sin sobresaltos. Bajo el régimen de Porfirio Díaz se consolidó como un militar eficaz, empleado para sofocar rebeliones indígenas y levantamientos regionales. No era un pensador ni un político: era un ejecutor. Su lealtad no estaba ligada a un proyecto de nación, sino al orden impuesto desde la jerarquía. Con la llegada de Francisco I. Madero a la presidencia, el nuevo gobierno decidió conservar a oficiales del antiguo régimen como parte de una política de conciliación. Blanquet mantuvo su puesto y fue enviado a Morelos para combatir al zapatismo bajo las órdenes de Victoriano Huerta. Entre ambos se forjó una relación basada en la disciplina férrea y la desconfianza hacia cualquier intento de transformación social.

Durante la Decena Trágica de febrero de 1913, Blanquet se convirtió en una pieza clave del golpe de Estado. Diversos testimonios señalan que participó directamente en el arresto de Madero y que lo abofeteó mientras lo llamaba traidor. No fue un impulso momentáneo: fue la expresión de una concepción del poder que al orden militar. Consumado el golpe y tras el asesinato de Madero y José María Pino Suárez, Huerta asumió la presidencia y nombró a Blanquet ministro de Guerra. Era el punto más alto de su carrera. El hombre que había estado en el fusilamiento de un emperador y en la caída violenta de un presidente alcanzaba, por fin, la cúspide del poder. Pero los regímenes sostenidos por la fuerza rara vez sobreviven al juicio del tiempo. En 1914, el huertismo colapsó ante el avance del constitucionalismo. Blanquet partió al exilio junto con Huerta. Compartieron travesía, hoteles y silencios en Europa, pero pronto llegaron las fracturas. El poder perdido suele revelar la fragilidad de las lealtades. Años después, Blanquet regresó a México con la intención de impulsar una nueva rebelión y colocar a Félix Díaz en el poder. El proyecto fracasó. Perseguido, sin ejército y sin respaldo político, intentó huir por las montañas de Veracruz. No llegó lejos.

Murió Blanquet al caer en una cañada. Su cuerpo fue decapitado y su cabeza exhibida públicamente como escarmiento. El hombre que llevó a otros al perdón termino en un barranco. La historia no siempre castiga con tribunales ni sentencias formales. A veces lo hace con símbolos. Blanquet no murió como general ni como ministro, sino como fugitivo. Su vida resume una tragedia recurrente: la del militar que confunde obediencia con virtud y termina convertido en instrumento de crímenes que la historia no olvida. Del paredón al barranco, su destino recuerda que la violencia ejercida en nombre del orden acaba, tarde o temprano, volviéndose contra quien la práctica.


 

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