"Decir
la verdad al poder." - Edward Said
La palabra
intelligentsia no nombra solo a un grupo social: nombra una tensión. Desde su
aparición en la Rusia del siglo XIX, designó a quienes asumieron la tarea
-incómoda y peligrosa- de pensar en público. Sujetos con capital cultural,
conciencia crítica y una vocación explícita de intervenir en los asuntos del
Estado. Escritores, artistas, académicos y pensadores que no se conformaron con
describir el mundo, sino que intentaron disputarlo. Entre el poder y la
sociedad, ocuparon un territorio inestable: el de la mediación critica. Esa
figura ambigua -a veces incómoda, a veces funcional- se volvió indispensable
para la politica moderna. La teoría de las élites ayuda a comprenderlo mejor:
el poder rara vez se distribuye de forma horizontal; tiende a concentrarse en
grupos reducidos que definen decisiones, marcos de debate y lenguajes
legitimos. En ese entramado, los intelectuales cumplen una función estratégica.
Producen conceptos, narrativas, explicaciones del mundo. Pueden legitimar un
orden o agrietarlo. Pueden servir al poder o ponerlo en evidencia.
En América
Latina, la intelligentsia adquirió una densidad particular. No fue solo una
clase pensante, sino una fuerza histórica vinculada a la construcción nacional,
a los proyectos de emancipación y a las grandes disputas ideológicas del siglo
XX. Pero junto a ese papel emergió una sospecha persistente: su cercanía con el
Estado, con las élites económicas y con los dispositivos de legitimación
simbólica. ¿Quién habla? ¿Desde dónde? ¿Para quién?
Edward Said
formuló una de las criticas más incisivas a esta figura. El intelectual
-sostenia- no se define por su especialización técnica ni por su éxito
profesional, sino por su función pública. Su tarea es incomodar, desnaturalizar
lo obvio, representar intereses que no suelen tener voz. Cuando esa función se
subordina al poder, el pensamiento se empobrece y la sociedad pierde una de sus
herramientas más finas de autocomprensión.
La
decadencia de una intelligentsia no significa que la necesidad social que la
originó haya desaparecido. Toda comunidad politica necesita voces capaces de
tomar distancia, de leer el presente sin obediencia automática, de imaginar
futuros alternativos. La relación entre intelectuales y poder es inevitable -e
incluso puede ser saludable- siempre que no anule la autonomia creadora. El
problema comienza cuando el pensamiento deja de producir preguntas y se limita
a repetir consignas dictadas desde los centros de decisión.
México
ofrece un terreno fértil para observar este proceso. Durante buena parte del
siglo XX, un núcleo de intelectuales ocupó un lugar central en el debate
público. Octavio Paz, Carlos Fuentes, Monsiváis o José Emilio Pacheco no solo
construyeron obras literarias de gran calado; también intervinieron en la
discusión politica con autoridad moral y densidad intelectual. Su peso no
provenía del aplauso inmediato, sino de una combinación rara: rigor, ética y
capacidad de interlocución con públicos diversos. Con el tiempo, esa relación
se volvió más problemática. La proximidad con el Estado, los grandes medios y
los intereses económicos transformó a una parte de la intelligentsia en una
plataforma funcional al discurso dominante. Politicos que hablan con palabras
prestadas, libros firmados por autores ausentes, diagnósticos prefabricados:
sintomas de un desplazamiento profundo. El intelectual deja de pensar para la
sociedad y comienza a hablar en nombre de ella.
En el
México contemporáneo, la fragmentación de la antigua intelligentsia ha
producido un paisaje más ruidoso, pero menos profundo. Pronunciamientos
colectivos, alineamientos explicitos y comunicados urgentes sustituyen al
argumento sólido. El peso del nombre propio o la acumulación de firmas
reemplazan al pensamiento critico. Proliferan las medias verdades y la
reflexión se somete a la coyuntura. El pensamiento ya no anticipa: reacciona.
Reconstruir
una vida intelectual vigorosa en México exige algo más que nostalgia. Requiere
restablecer las condiciones materiales y simbólicas que hacen posible el
pensamiento autónomo: fortalecer el ecosistema de investigación, garantizar la
dedicación académica de tiempo completo y abrir el espacio intelectual a una
diversidad real de voces, incorporando a sectores históricamente excluidos,
como los pueblos indigenas.
La
colaboración internacional con organismos de prestigio y el uso estratégico de
tecnologías emergentes - incluida la inteligencia artificial-son hoy
herramientas decisivas para insertar a los investigadores mexicanos en las
discusiones globales y acelerar la producción y circulación del conocimiento,
con el respaldo de instituciones clave como la UNAM, El Colegio de México y el
Cinvestav. Porque una intelligentsia viva no es un adorno cultural. Es un termómetro
democrático. Donde el pensamiento se subordina, el poder se vuelve opaco. Y
donde nadie se atreve a decir la verdad, el silencio termina gobernando.

Comentarios
Publicar un comentario