Todavía es
de madrugada en un Hospital General de Zona del Instituto Mexicano del Seguro
Social. La luz entra a medias por las ventanas mientras la sala de urgencias
comienza a llenarse. La noche deja pacientes que esperan ser valorados y otros
que aguardan un traslado o un alta. Hay cuerpos cansados, miradas atentas,
silencios prolongados. Alguien aprieta el teléfono esperando una llamada que
devuelva tranquilidad.
Las
asistentes médicas inician turno. Abren sistemas, revisan listas extensas,
organizan citas. Cada nombre es una historia que se enlaza con otra. Los
médicos entran a los consultorios con expedientes acumulados; atienden lo
cotidiano y lo urgente. En urgencias se decide, se prioriza y se ordena el
flujo. De los quirófanos salen rostros concentrados después de horas intensas,
manos que han sostenido la vida con precisión y responsabilidad.
Las
enfermeras son el eje del hospital. Ajustan sueros, explican tratamientos,
acompañan procesos. En hospitalización vigilan monitores y signos vitales; en
observación cuidan a quienes esperan avanzar en su atención. En Rayos X, un
niño descansa junto a su padre mientras aguardan un estudio. En una banca, una
familia conversa en voz baja mientras espera noticias. Una mujer con
contracciones es trasladada con cuidado entre áreas en movimiento constante. El
personal de intendencia limpia y ordena pasillos que no descansan. Así funciona
cada día el IMSS: con ritmo intenso, con retos permanentes, pero también con
una vocación que no se detiene.
Este latido
cotidiano tiene raíces profundas. El IMSS nació en 1943, durante la presidencia
de Manuel Ávila Camacho, como continuidad del proyecto social impulsado por
Lázaro Cárdenas, quien colocó al trabajador, a la justicia social y al Estado
como garantes del bienestar colectivo. La seguridad social no fue una
concesión: fue una conquista de la Revolución mexicana.
La etapa
fundacional ofreció atención médica, prevención, vivienda, pensiones, cultura y
recreación. El primer servicio médico atendió a los propios trabajadores del
Instituto en la calle 16 de Septiembre. Después llegaron los sanatorios y
hospitales que acompañaron el crecimiento del país.
A partir de
1982, seis sexenios presidenciales llevaron al Instituto a una etapa de
estancamiento. La inversión fue insuficiente frente a una población creciente y
a nuevas necesidades de salud. Se acumuló rezago y presión operativa que
marcaron durante años la vida cotidiana del IMSS.
Desde 2019
comenzó una nueva etapa de expansión y recuperación. Se construyeron
hospitales, se ampliaron unidades y se fortalecieron plantillas y servicios. No
todo está resuelto, pero el rumbo se reorientó hacia el fortalecimiento de la
atención pública. Como ha señalado el Mtro. Zoé Robledo, director general del
IMSS, las camas hospitalarias pasaron de poco más de 33 mil en 2018 a más de 39
mil en 2025, con planes claros para seguir creciendo. Hoy, cerca de 78 millones
de personas cuentan con seguridad social a través de cinco seguros que
acompañan la vida desde el nacimiento hasta la vejez.
El IMSS es
infraestructura, presupuesto y organización, pero sobre todo es una institución
viva que se construye todos los días. A 83 años de su nacimiento, el reto es
fortalecerlo para que siga siendo columna vertebral del sistema de seguridad
social y avance hacia un modelo de salud con vocación universal, como lo ha
planteado la presidenta Claudia Sheinbaum, donde el acceso oportuno y digno no
dependa de la condición laboral, sino de la condición humana.
El futuro
del Instituto no se decreta: se sostiene con decisiones públicas, con
compromiso institucional y con la convicción de que la salud no es un
privilegio, sino un derecho. A 83 años de su fundación, fiel a su origen, el
IMSS sigue abriendo sus puertas cada día, cuidando la vida de quienes sostienen
a México.

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