"Para nacer hay que destruir un mundo." - Hermann Hesse
Desde
tiempos remotos, el ser humano ha intentado comprender su lugar en el universo
observando el cielo. Antes de que existieran los calendarios y los relojes, el
movimiento del sol y de la luna ofrecía una medida natural del tiempo. No era
una abstracción: las mareas respondían a la luna, las estaciones al recorrido
solar, las plantas y los árboles crecían según esos ritmos, y el propio cuerpo
humano parecía obedecer a ciclos invisibles pero constantes. Las grandes
civilizaciones comprendieron pronto que el orden social debia dialogar con ese
orden celeste. Los ciclos solares y lunares no solo marcaban la siembra y la
cosecha, sino también los rituales, las celebraciones y las pausas necesarias
para recomenzar. El tiempo era circular antes de volverse lineal; cada final
implicaba una transformación.
La llamada
"Nochevieja", vispera de Año Nuevo, conserva algo de ese espiritu
antiguo. Marca el cierre de un ciclo y la apertura de otro, cargado de
expectativas, promesas y deseos de prosperidad. Familias y amigos se reúnen
para celebrar, brindar y formular anhelos. Sin embargo, pocas veces nos
detenemos a preguntar por qué el año comienza exactamente cuando comienza. ¿Por
qué el 31 de diciembre marca el final y el 1 de enero el inicio? ¿Por qué ese
cambio no coincide con el nacimiento de Cristo, si su llegada divide la
historia en un antes y un después?
El
nacimiento de Jesús de Nazaret estableció una frontera simbólica profunda. A
partir de él, la humanidad reorganizó su manera de contar el tiempo. Sin
embargo, el calendario no inicia el 25 de diciembre, sino varios días después.
Entre una fecha y otra hay una distancia breve en dias, pero significativa en
sentido.
A lo largo
del tiempo se han ofrecido múltiples explicaciones. Se ha hablado de ajustes
derivados del paso del calendario juliano al gregoriano, impulsado por el papa
Gregorio XIII en el siglo XVI. También se ha señalado la influencia de
festividades paganas previas, especialmente las relacionadas con el solsticio
de invierno y el culto al Sol Invicto, cuando la noche alcanza su mayor
duración y, a partir de ahi, la luz comienza a recuperar terreno. En ese
contexto, Cristo fue interpretado como la luz que vence a las tinieblas, una
imagen presente en tradiciones anteriores como el mitraismo o los antiguos
misterios egipcios y órficos.
Los
primeros cristianos no ignoraban estos símbolos. Comprendían que los solsticios
y equinoccios habían sido siempre puntos de inflexión en la experiencia humana
del tiempo, por lo que resignificaron esa herencia. El Cristo solar no solo
nacía en una fecha determinada, sino que encarnaba la promesa de sentido, de
conocimiento y de transformación. Pero hay un elemento menos citado y no menos
relevante. En la tradición hebrea, todo varón debía ser circuncidado al octavo
día de nacido, como señal del pacto establecido entre Dios y Abraham. Jesús no
fue la excepción. Ocho dias después de su nacimiento, fue circuncidado y, con
ello, incorporado formalmente a una comunidad, a una ley y a una historia
compartida. Tal vez ahi resida la clave del calendario. El tiempo no comienza
con la llegada de Cristo al mundo, sino con la entrada consciente a una
responsabilidad colectiva.
Hoy
seguimos celebrando el cambio de año, pero con frecuencia olvidamos su
dimensión simbólica. Iniciar un año no es una limpieza automática del pasado.
No es un borrón y cuenta nueva porque el tiempo avanza acumulando lo no
resuelto, lo no reparado; la injusticia. En este mundo que vivimos, ya nada por
sí mismo garantiza humanidad. La violencia se ha normalizado, la explotación se
disfraza de progreso, la miseria se vuelve parte del paisaje. Mientras sigamos
desviando la mirada ante lo indigno, lo invisible permanecerá oculto y no habrá
verdadero inicio. No puede hablarse de "felicidad" cuando amplios sectores
quedan fuera del relato del éxito y del bienestar. Comenzar un año exige algo
más que buenos deseos: exige una revisión honesta de lo que estamos dispuestos
a sostener y de lo que debemos dejar de repetir.
La
esperanza en un mejor porvenir no resuelve nada en si misma; exige nuestro
trabajo y compromiso continuos. Nos obliga a asumir una responsabilidad
creadora frente al futuro. Si la desigualdad continúa permeando nuestro
horizonte, el calendario cambiará, pero la realidad seguirá siendo la misma.
Deseo de corazón
que, al comenzar este nuevo ciclo, no celebremos solo el paso del tiempo, sino
la responsabilidad de convertirnos en agentes de cambio positivo para quienes
nos rodean y para la historia que decidamos construir. Que este año que inicia
nos encuentre comprometidos con la dignidad, la salud, la justicia y la vida
compartida.
¡Feliz 2026!

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